Anticoncepción: dinamitar estructuras

El 26 de septiembre es el Día Mundial de la Anticoncepción, pero hoy no voy a hablarte de “métodos de planificación familiar”. Vamos a hablar de anticoncepción.

Se calcula que en 2019 había 1900 millones de mujeres en edad reproductiva (entre 15 y 49 años) en el mundo, de las cuales 1112 millones precisan de anticonceptivos, que la OMS llama “planificación familiar”. De estas mujeres, 842 millones utilizan métodos anticonceptivos y 270 millones tienen necesidades desatendidas en materia de profilaxis.

En 2020, casi 12 millones de mujeres a nivel mundial no tuvieron acceso a métodos anticonceptivos desde el inicio de la pandemia. Solo en Ecuador, por ejemplo, nacieron cerca de 20 mil bebés no planificados de madres en un rango de edad entre 10 y 17 años.

Encuesta Your Life

De 14 mil personas entrevistadas en treinta y cinco países, el 54,9% conocía a alguien que cursó un embarazo no deseado y 43,8% del grupo admitía haber tenido encuentros sexuales sin protección.

Por otra parte, el acceso a la información de los encuestados venía de libros, internet y consultas a especialistas de salud en mayor medida, y apenas menos de amigos, la televisión y compañeros sexuales.

El 74% de quienes utilizaban métodos de profilaxis usaban condones, otro 36% tomaba píldoras y un 22% hacía uso de métodos hormonales como el implante subdérmico, el DIU en sus variantes y parches, entre otros.

El 91% de las personas coincidía en que las decisiones de contracepción se tomaban de a dos, el 7% admitía hacerse cargo en soledad y solo un 2% lo relegaba en su compañero.

Es importante entender que el uso de métodos de barrera-campo de látex, condones-no solo tiene como función evitar la concepción, sino evitar infecciones de transmisión sexual (ITS). Combinar métodos hormonales con los de barrera suponen no solo una disminución significativa de las posibilidades de embarazo, sino preservar la salud sexual y reproductiva.

(Mi) Derecho a elegir

Soy una ferviente defensora de que la anticoncepción no debe llamarse planeamiento familiar, porque hay quienes no desean una familia, y siempre es más duro renunciar a la fertilidad siendo mujer. Esta es mi historia.

“¿Y qué pasa si después encontrás una pareja que quiera hijos?” fue la pregunta de mi ginecóloga cuando le manifesté que quería, con veinticuatro años y sin pareja, ligarme las trompas de Falopio.

A esto le siguieron conjeturas sobre las posibilidades maravillosas de la genética en el futuro y cómo, a los cuarenta años, me arrepentiría de no haber sido madre.

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Telegrama para mi ginecóloga, mujer: ¿Qué pasaría en ese caso? Mi decisión no cambiaría, porque es su deseo, no el mío. Yo no deseo maternar, y estoy segura de mi decisión.

No nací(mos) para maternar, no somos incubadoras andantes solo porque cargamos el útero donde vamos-me hubiera ahorrado euros en tests de embarazo si hubiese podido dejarlo en casa.

Está bien rechazar el precepto y buscar por otro lado tachar de la lista plantar el árbol, escribir el libro y tener el hijo, que bien podría ser una tortuga o un axolote.

A la consulta con ella le siguió una con el cirujano, varón. Iba lista para pelear la misma vaina que tuve que defender en el turno anterior.

Sin embargo, me encontré a un profesional que validó mi pedido, recordándome que la ley me ampara a mí y a todas las mujeres y remarcando de igual manera el hecho de que no es un proceso reversible, para que eligiera consciente.

Mañana paso por el quirófano. Diagnóstico: anticoncepción definitiva. Deséenme suerte, y no me refiero a la cirugía.

Me cansé de escuchar en este último tiempo “¿Ligadura de trompas y no tenés pareja?”; “¿Estás segura?”

¿Por qué mi planeamiento de salud sexual debe depender de una pareja? ¿Por qué tengo que discutir con mi compañero del momento qué quiero para mi cuerpo de forma permanente? ¿Qué autoridad sobre mi fertilidad tiene quien no llevará el embarazo, ni experimentará los síntomas desagradables? ¿Por qué tiene una persona externa a mi sistema injerencia sobre mi útero?

No más

Los rosarios no es lo único que tienen que seguir sacando de nuestros ovarios. Echen al patriarcado de nuestro cérvix que queremos elegir, necesitamos elegir.

No queremos más “mamás luchonas”, obligadas por un sistema patriarcal y apodadas peyorativamente por la misma estructura.

No más “madres no, madrazas” a niñas de 14 años, la asquerosa romantización de la niña obligada a maternar.

“¿Lo discutiste con tu pareja?” no va más. Más feminismo en la ginecología y más perspectiva de género en la obstetricia que, a fin de cuentas, son disciplinas exclusivamente para nosotras.

Basta de “Una mujer se realiza el día que es madre”, como si después de parir llegáramos a una especie de nirvana, la última iluminación. Como si fuese nuestro deber, a lo que estamos llamadas. De repente el útero es un grillete que cargamos quienes que no queremos maternar.

A los treinta años, si no tenés hijos, es preocupante, “Quizás es infértil”; “Pobrecita, qué desdichada, nunca tuvo hijos”; “Ya se te pasa el tren, apurate a tener hijos antes”.

Tía Rosa, es justamente lo que estoy haciendo, esperando a que pase el tren, y si puede averiarse en el camino mejor aún, gracias.

Educación sexual y anticoncepción, para elegir de forma consciente, para cuidarnos, para empoderarnos y romper la estructura que nos legó la generación que se cree limpia, pero enviaba a sus hijas embarazadas al campo a dar a luz para guardar las apariencias.

Profilaxis para todos, todas, todes. Para mí, para vos, para ellos. Para dinamitar los rancios cimientos de un tiempo pasado, que no fue mejor. La maternidad será deseada o no será, es hora de entenderlo.