Damar Valera: “Ya no veo la tanatopraxia como un trabajo, sino como un arte”

Damar espera pacientemente durante la madrugada de un día cualquiera en la entrada del Hospital General Guasmo Sur de Guayaquil. Un día cualquiera, porque no hay diferencia entre un lunes, un sábado o un domingo: no existe un horario ni día de descanso en la vida de este joven. Su labor es incansable, agotadora, fuerte. Damar, el embalsamador de cadáveres, espera, afuera de un hospital de pacientes Covid, la llegada de la muerte para poder vivir.

Los últimos meses cambió el calor de su hogar por el frío de un laboratorio de funeraria, los muebles de su casa por ataúdes, la risa de sus cuatro hijos se convirtieron en silencios que parecen eternos y los besos de su esposa se quedaron congelados en las fotografías. Seis horas de viaje separan a Damar Valera de su familia, desde Guayaquil donde él se encuentra trabajando hasta la ciudad de El Carmen. Sus hijos le piden que ya no trabaje, que regrese a casa porque lo extrañan y ninguna videollamada reemplaza los abrazos y besos de papá. 

El destino llevó a Damar y su familia a dejar su ciudad natal de Calabozo en Venezuela. Un destino de hiperinflación, desempleo y sueldos que no alcanzan para vivir, un destino con nombre propio que no hace falta preguntar, porque cae de maduro. Se graduó de la Universidad de Carabobo como Técnico en Tanatopraxia, la práctica de la conservación temporal, el embalsamamiento, la restauración, reconstrucción y preparación estética de un cadáver. El término generalmente causa extrañeza y más aún cuando se explica en qué consiste, pues se tiene una aversión natural a la muerte y sobre todo causa impacto saber que es posible vivir de ella como una labor apasionante, gratificante y de sumo respeto.


FOTO: Archivo personal. Damar (de amarillo) junto a sus compañeros de la Universidad de Carabobo, quienes muestran con orgullo sus diplomas de Técnicos Tanatopractores.

—¿Cómo nace tu interés por una labor como la tanatopraxia?
—No me gustaba el ámbito de la funeraria, a pesar que mi familia se dedica a esto, pues mi padre es dueño de una funeraria en Venezuela. Yo pensaba estudiar algo relacionado con temas policiales, pero un día mi hermano mayor me pidió que lo ayudara en la funeraria para enseñarme todo lo que él había aprendido y que yo fuera como él. Como yo estaba pasando por una necesidad, acepté que me enseñara. Así pasó y poco a poco fue naciendo en mí esa inquietud de seguir viendo casos, reconstruyendo y embalsamando cuerpos. Después de hacer mi trabajo, me daba satisfacción el agradecimiento de los familiares de los fallecidos por dejarlos en buenas condiciones. Eso me alegraba mucho, me emocionaba y nació una pasión que me permitía ver a la tanatopraxia ya no como un trabajo, sino como un arte. 

—No debe ser una labor sencilla, ¿qué es lo más difícil para ti de trabajar en esto?
—Lo más difícil en mi labor son las reconstrucciones. Tuve una reconstrucción que tardamos como seis horas completas en reconstruir el rostro de un cadáver que fue arrollado por un camión. Fue el primer caso que atendí y que no se me olvida nunca. Fue una reconstrucción a un hombre que no tenía la mitad del rostro y yo aún era un aprendiz. Gracias a Dios, quedó muy bien. Con este trabajo aplicamos el lado ético y el profesionalismo.

FOTOS: Archivo personal. A la izquierda, el laboratorio de tanatopraxia donde trabaja. A la derecha, Damar en pleno proceso de embalsamamiento al cadáver de una mujer. 

—¿Cómo fue tu salida de Venezuela y empezar desde cero en el extranjero? ¿Fue complicado encontrar empleo en tu profesión?
—La situación en Venezuela se volvió muy crítica. Soy padre de cuatro hijos y con mi esposa decidimos irnos a Perú. Llevé todos mis papeles, mis diplomas, porque quería seguir trabajando en lo mismo, pero allá en Lima se me hizo muy complicado. Busqué empleo en muchas funerarias y no lo conseguía, porque en Perú no se practica esta labor. Están comenzando a penas, y los tanatopractores todavía preparan los cadáveres de forma empírica, sin aplicar las técnicas correspondientes. Yo les explicaba a los dueños de las funerarias cómo lo hacía y les exigía una serie de materiales para practicar la tanatopraxia, pero no están acostumbrados y no conseguí empleo. Me puse a vender caramelos, helados, marcianos y gelatinas, incluso trabajé en un lavado de autos. Duré dos años en Perú y lo menos que hice fue embalsamar un cadáver.

—¿Esta circunstancia te hizo evaluar la idea de mudarte a Ecuador?
—Sí. Un amigo, venezolano también, que se encontraba aquí en Ecuador adquirió un local, puso su funeraria y me pidió el apoyo. Es así que me vine a Ecuador con mi familia hace un par de meses, él me recibió y actualmente estoy aquí con él. A pesar de que tenía dos años más o menos que no trabajaba en el área de la tanatopraxia, la técnica no se olvida. Yo tengo presente mi profesión, siempre ando investigando, leyendo, viendo videos y sentí que ‘ayer’ había dejado de preparar un cadáver, pero en realidad fueron dos años.

La tanatopraxia es un trabajo sacrificado. Los tanatopractores deben estar disponibles las 24 horas del día, los 7 días de la semana, los 365 días del año, porque la muerte no espera ni avisa. Además, es riesgoso tener contacto directo con cuerpos inertes de los cuales se puede saber la causa de muerte, sin embargo, se desconoce qué otras enfermedades infectocontagiosas pudo haber tenido esa persona en vida. El uso de medidas de bioseguridad para realizar esta práctica es indispensable, y en una situación como la emergencia sanitaria por el nuevo coronavirus, vuelve a Damar y sus colegas doblemente vulnerables al contagio, a enfermarse y ponen en peligro su propia vida. 

Damar vive dentro de la funeraria, que se ubica al frente del hospital Guasmo Sur, donde a diario fallecen personas a causa de la Covid-19. A inicios de abril, Guayaquil fue golpeada por la ola de contagios y muertes que colapsaron el sistema público de salud. A diario se registraban 500 muertes por Covid-19, y los medios nacionales e internacionales expusieron la grave situación de la que Damar también fue testigo.

FOTO: Reuters. Un grupo de personas observa a un hombre fallecido en la vía pública en Guayaquil.

—¿Dejaste de trabajar en algún momento por la Covid-19?
—Hubo un momento devastador aquí en Guayaquil, donde las personas caían en las calles y nadie quería recogerlos, ni los hospitales ni el gobierno. Las familias sacaban los cuerpos a la calle donde se inflaban y se descomponían. Fue algo horrible. En esos momentos de crisis no se hacía la tanatopraxia, los cuerpos se metían en el ataúd e iban directamente al cementerio. Uno que otro caso sí se embalsamaron, pero el costo era muy elevado, entonces la gente prefería enterrar de frente a sus familiares. 

—¿Cómo manejaste tu trabajo al embalsamar cadáveres que fallecieron por Covid-19?
—Ahora ya está más calmada la situación, pero los cadáveres que salen del Guasmo Sur, son fallecidos por Covid. Me toca embalsamar esos cuerpos, pero con todos las medidas de bioseguridad: mi tapabocas, lentes, guantes de vinilos, mi traje especial descartable. Siempre me protejo de que mi piel no tenga contacto con el cadáver, incluso evito el contacto con los familiares. También los tanatopractores tenemos la ventaja de crear anticuerpos, por tantas bacterias a las que estamos expuestos por los cadáveres. Hasta ahora no me he enfermado ni de gripe, gracias a Dios.
Sí me da temor contagiarme, porque nadie está a salvo, pero a pesar que estoy a diario en contacto con cadáveres con Covid, me siento tranquilo porque tengo los cuidados necesarios. 

—Además de la tanatopraxia, ¿también practicas la tanatoestética?
—Sí, sin lugar a duda la tanatopraxia y la tanatoestética van de la mano. Si solo se embalsama un cadáver y no aplicamos la tanatoestética, es como dejar el trabajo al 50%. La tanatopraxia se trata de retardar el proceso de putrefacción y luego de esto, se aplica la tanatoestética porque si no se aplica, quedaría el cuerpo con un color pálido, con moretones, labios pálidos. A los hombres se les peina, incluso les he cortado el cabello, aplica brillo de uñas, base para el rostro del tono de piel que tenían en vida. A las mujeres también, he planchado sus cabellos y maquillado. Me da satisfacción ver que el cadáver quede lo más natural posible, porque el cadáver es el protagonista del funeral. A mí me gusta hacerles una expresión de sonrisa, para transmitir a sus familiares que se encuentran en tranquilidad, en paz.  

Damar es joven, tiene 25 años y ama su trabajo, del que quiere vivir hasta sus últimos días. Es entregado a su labor, sacrifica horas de sueño y tiempo con su familia, a quienes ve solo cada 15 días. Él tiene muy presente el profesionalismo que exige trabajar con una persona fallecida, es consciente del respeto que merece un cuerpo, que merece la muerte. Se siente gratificado cada vez que las personas le agradecen y felicitan por su labor. Él observa a otros embalsamadores, observa sus fallas y las interioriza para no cometer los mismo errores, se reta a sí mismo todos los días a ser el mejor. Desearía también que la práctica de esta profesión sea más común, más conocida y se desarrolle en los demás países de la región. Damar no le desea la muerte a nadie, pero espera paciente afuera de un hospital en las madrugadas, porque cada muerte significa ganarse la vida de él y su familia. 


FOTO: Archivo personal. Damar junto a Elena, su esposa.