Día Mundial de la Filosofía

Todos los seres humanos somos filósofos porque hemos desarrollado una tendencia natural a indagar, a preguntarse por todo. Si la acción de pensar es lo propio de la filosofía, la acción de buscar respuestas es el proceso que desencadena el mecanismo filosófico. La filosofía es el estudio de la naturaleza de la realidad y de la existencia, de lo que es posible conocer, y del comportamiento correcto e incorrecto.

Proviene de la palabra griega phílosophía, que significa «el amor a la sabiduría». Es uno de los campos más importantes del pensamiento humano, ya que aspira a llegar al sentido mismo de la vida. Muchos pensadores afirman que el «asombro» es la raíz de la filosofía. De hecho, la filosofía proviene de la tendencia natural de los seres humanos de sentirse asombrados por sí mismos y por el mundo que les rodea.

La filosofía nos enseña a reflexionar sobre la reflexión misma, a cuestionar continuamente verdades ya establecidas, a verificar hipótesis y a encontrar conclusiones. Durante siglos, en todas las culturas, la filosofía ha dado a luz conceptos, ideas y análisis que han sentado las bases del pensamiento crítico, independiente y creativo.

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Por su relevancia en la historia de la humanidad, pero también en la actualidad, desde 2005 la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura declaró el Día Mundial de la Filosofía cada tercer jueves del mes de noviembre. Para la UNESCO la filosofía proporciona las bases conceptuales de los principios y valores de los que depende la paz mundial: la democracia, los derechos humanos, la justicia y la igualdad.

Y cuando se empieza a hablar de filosofía salta la eterna pregunta, ¿para qué sirve? en el contexto comparativo de la utilidad más aparente de los conocimientos científicos y tecnológicos. La respuesta bien podría ser con otra pregunta: ¿para qué sirve pensar? Porque la esencia de la filosofía es eso, pensar, saber pensar.

Sin embargo, esta interrogante acerca de su utilidad seguramente la ha condenado al ostracismo en los programas de las enseñanzas regladas, bien porque se conozca la respuesta y efectivamente se tenga temor a una masa pensante, bien porque desconociendo el valor de la filosofía se la relegue en favor de las materias que hacen “buenos” trabajadores.

El ser humano se halla inmerso en una permanente búsqueda y produce filosofía de forma natural. El pensamiento filosófico fructifica en todos los escenarios que marcan nuestra vida cotidiana: dilucidar entre lo correcto y lo incorrecto, descubrir la relación entre el individuo y la sociedad, reflexionar acerca de las causas de nuestros acontecimientos, profundizar en los valores individuales que llevan a la excelencia o los valores sociales que hacen posible el bien común.

¿Por qué me ocurre esto? ¿Cuál va a ser mi futuro? ¿Qué es lo que debo hacer? ¿Qué quiero en la vida? ¿Cómo salir adelante? Todas son preguntas cotidianas que no se responden desde las materias que ahora tienen más peso en los planes de estudio, sino desde la tarima de la filosofía. Y encontrar una respuesta a estas preguntas condiciona toda una vida.

Filosofar, es decir, pensar y generar el marco para hallar las soluciones, ha sido una de las claves que nos ha permitido superar las innumerables crisis de nuestra historia. Y la actual situación no va a ser una excepción. Este año, el Día Mundial de la Filosofía abre el debate sobre las diferentes interacciones de los seres humanos con su entorno social, cultural, geográfico y político, con el objetivo subyacente de comprender mejor la contribución de la filosofía en unas sociedades contemporáneas que se enfrentan a serios desafíos. Más concretamente, el desafío de la pandemia.