Historias en emergencias

Son las 10:45, el segundo día de la semana está a punto de terminar. La avenida Brasil luce caótica, pero sé que lo más caótico me espera adentro. Hoy me dirijo al Instituto Nacional de Salud del Niño. Hoy estoy frente a esta antigua institución que por más de 90 años ha visto pasar a millones de niños de todas las edades y con todos los males. Aún no ingreso, pero desde esta inmensa reja resguardada por cuatro altos y corpulentos vigilantes, ya puedo sentir la adrenalina y la carga que genera estar en esa tenebrosa sala. Cincuenta y cinco pasos me han tomado llegar a este pequeño salón. Aquí dentro, hace mucho calor y no podría esperarse menos de ello, porque es un lugar muy angosto para contener a más de un centenar de personas. Las  paredes pitadas de un frío amarillo y un pálido blanco le añaden más drama a la situación. Las altas columnas, despintadas y resquebrajadas son el sustento de algunos padres que esperan ver salir a alguna enfermera para que los dirija junto con su niño hacia algún consultorio. Hay un poco más de cincuenta asientos, pero no llegan a cien. Hay madres paradas y cargando a sus bebés, padres caminando y moviéndose como acalambrados. Hay niños llorando, casi suplicando para no ser inyectados.

Desde una esquina, en la que me encuentro, se puede observar casi todo. Decenas de expresiones acompañadas de voces cuestionadoras y preocupadas. Dentro de toda la multitud, veo venir a Nina Villacriz, técnica en enfermería. Vestida de blanco, de pies a cabeza, y con una expresión de preocupación la veo caminar por la sala como buscando a alguien. Nina ha trabajado en el Hospital del Niño desde el 2007 y conoce las instalaciones del lugar casi a la perfección; por eso, la he contactado. Nina viene hacía mí con pasos apresurados, me mira y me dice que me ha estado buscando. “Tenemos un caso pesado”, me susurra y me pide que la espere porque no podrá llevarme al otro pabellón. La veo irse corriendo entre la gente que está parada en medio de la sala. Poco a poco la veo desaparecer por el largo e iluminado pasillo que la lleva hacia los consultorios.

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No puedo perder de vista el enorme portón que da a la sala de emergencias. En medio de la oscuridad que hay al exterior del lugar, veo ingresar a un hombre de contextura gruesa. El nervioso individuo ha llegado apresurado, da unos pasos, se acerca a una enfermera y le hace una pregunta que no logro escuchar. El gesto del hombre es preocupante. Lleva la mano izquierda hacia su frente para secarse las gotas de sudor que caen por ella; mientras que, con la mano derecha manipula su celular. Metros más allá, una mujer se ha quedado dormida mientras espera en una de las bancas. En sus piernas tiene a un pequeño niño, que aparenta tener un año, y que de rato en rato levanta la cabeza y trata de mirar a su alrededor. El hombre de hace un momento ha desaparecido ya.

***

Es un poco más de las 2 de la mañana, Nina ha vuelto y me lleva por el mismo largo pasillo por donde hace una hora se había ido. El piso brilla, parece haber sido recién limpiado. Las paredes están manchadas, tienen huellas de manos de todos los tamaños y uno que otro rayón. En el camino me va contando que me había hecho esperar porque debía atender a un recién nacido que tenía fiebre y convulsiones. Nina me dice que el hospital tiene alrededor de 6 servicios de emergencia, según la especialidad. Durante los años que lleva trabajando aquí ha rotado por todos estos campos y le ha tocado ver casos sorprendentes, unos curiosos y otros mucho más impactantes. Mientras vamos caminado, veo que son las 2:20. “A esta hora nos turnamos para descansar”, me comenta mientras le sonríe a Carmen, una de sus compañeras que justo pasa por su lado y le da una palmada en el hombro. Nina, como siempre,  camina de prisa. Hemos llegado hasta el quinto piso. Me ha hecho subir por las escaleras, unas bastante empinadas y cansadas. Había un ascensor cerca, pero no. Nina me ha traído por las escaleras. Hacemos una parada frente a una vieja puerta blanca que se encuentra semiabierta y que tiene un letrero en el que dice  “Tópico número 3”. Aquí me ha dejado y me ha dicho que podré observar casos más impactantes acá. Sé, porque ya me lo han advertido, que en este piso siempre sucede lo más fuerte.

La hora ha avanzado y el cansancio del día se empieza a sentir. En estos momentos me cuesta mucho estar despierta, así que decido caminar un poco en este mismo piso. De la habitación de al lado sale una joven con sueño también y me pregunta si necesito algo. Le he explicado que estoy conociendo un poco el hospital porque es parte de un trabajo. Su cara de sorpresa lo ha dicho todo. Ha sido la misma que pusieron las personas con las que me contacté para estar acá. Antes de que se vaya le digo que me parece extraño ver personal con tiempo de descansar o de estar en un ambiente donde no hay pacientes y me ha dicho que no siempre es así. “A esta hora solemos tomar unos minutos y así rotamos, no somos máquinas”, expresa con las manos metidas en el bolsillo de su ancho pantalón celeste. De pronto, como si hubieran leído mi mente o hubieran escuchado mi conversación con la joven enfermera, el silencioso y frío ambiente se torna denso y bullicioso. Como 2 mujeres vestidas de banco y unas 3 de celeste corren empujando a una niña embarazada y silla de ruedas. “¡Solo tiene 12 años!” “¡Cómo es posible!”, escucho gritar a una de las enfermeras. A veces, esto puede parecer muy cruel, así como cuando Nina me contó que en su servicio murió un niño. “Eso fue el año pasado. Había acabado mi ronda y estaba con Carmen a punto de irme. Ella me  pide que haga una pasada más y cuando toqué al niño de la cama 8, estaba helado. No me salía palabra de la boca, aunque no había sido la primera vez, esos hechos siempre son fuertes.” Yo me había quedado fría con esa declaración y no esperaba ver algo similar.

Ya a las 3 de la mañana, ha ingresado Ariana. Ella es una niña de 2 años a la que solo he escuchado gritar mientras las enfermeras intentaban cargarla. Ariana estaba en su casa sola y, aprovechando la situación, su padrastro la había violado. El acto había sido tan salvaje que la niña tenía rotos los labios vaginales. No han pasado ni 10 minutos e ingresa un niño acompañado de sus padres. El pequeño, al parecer, se había tragado una moneda. Otra de las mujeres de blanco lo lleva caminando hacia la sala de radiografías. Ingresan solo ella y el niño, mientras los padres discuten en la puerta. Ya no logró escuchar el silencio de antes, ya no veo a nadie descansando; ahora todos están corriendo. Bajo un par de pisos y en la escalera una mujer está llorando. No se le escucha, pero la puedo ver. Tiene entre sus manos una sábana de peluche color celeste. A su lado, otra mujer, mayor que ella, intenta consolarla diciéndole que todo va a estar bien. A ella no le he preguntado, pero una enfermera me ha dicho que su bebé de 5 meses tiene apendicitis. Como era de esperarse, me he sorprendido porque nunca imaginé que ese problema pudiera afectar a los bebés, pero la enfermera me ha dicho que eso sucede aun cuando tienen días de nacidos, pero que siempre se salvan. Técnicamente me ha explicado que los bebés tienen más probabilidades de salvarse de una apendicitis o hasta de una neumonía. He llegado al primer piso nuevamente y aquí el ajetreo sigue. Este es, tal vez, el piso más caótico, el primero. Aquí nadie descansa, duermen, pero no descansan. El calor y la pesadez se sienten aquí. El olor a alcohol y medicinas siguen perennes en esta sala. El mismo hombre alto y de contextura gruesa que horas antes había llegado y le había hablado a la enfermera sigue aquí. Con los ojos cerrados, parado, apoyando la cabeza en el borde de una vieja ventana que se descascara por el óxido. Un inesperado y potente ruido viene desde afuera, y adentro ya se siente la tensión del personal médico. Parece que ellos ya saben lo que va a pasar cuando escuchan la sirena de la ambulancia.   Me he dado cuenta que no es el lugar, no son sus viejas estructuras, son sus historias, es su gente. Los doctores caminando con una larga blanca bata o un conjunto estampado con imágenes de dibujos animados y con un estetoscopio colgado en el cuello. Son las técnicas bañadas en blanco; las enfermeras, de celeste y los dramáticos casos que llegan a diario. Los padres que llegan apresurados, los niños que llegan llorando y se van sonriendo, los niños que llegan con vida y salen sin ella.