Periodistas con todas las letras

Cerca del día del periodista, mi clase de periodismo de opinión requirió que me sentara a escribir algo significativo sobre esta fecha que, si es cuestión de papeles, aún no me corresponde, pero ya la siento mía. Explicar por qué decidí estudiar Periodismo es fácil, pero ¿Poner en palabras lo que esta profesión significa para mí? ¿Trasladar al plano de las letras mi valoración de la tarea del cronista tras cuatro años en la universidad?

Entre el bombardeo de pensamientos y puntapiés iniciales, una especie de lluvia de ideas devenida en huracán en mi cabeza, un recuerdo. Y me largué a escribir.

Unos meses atrás, conversaba en un restaurante de comida rápida con quien era mi compañero en ese momento y discutíamos los riesgos en los que incursiona un periodista al desempeñar su tarea. El caso de José Luis Cabezas es quizás uno de los más resonantes en el inconsciente colectivo de los argentinos. Él criticaba a Cabezas y lo llamaba un “irresponsable”, por entrometerse en una situación que probablemente le costaría la vida teniendo esposa y una hija en casa.

Pensé en Ignacio Ezcurra, asesinado en 1968 en Vietnam, mientras cubría los horrores de la guerra para el diario La Nación. A Ignacio lo esperaban a casi 17 mil kilómetros su esposa Inés Lynch, embarazada, y la pequeña Encarnación, de apenas un año.

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Aventurarse en busca de la verdad hasta las últimas consecuencias-la verdad y nada más que la verdad-es el punto que une a los detectives y a los periodistas en las películas. El acceso a los grandes secretos, revolver en habitaciones llenas de documentos antiguos, la máquina de escribir-hoy laptop. La tarea del periodista es tan apasionante como la de un detective de policial británico, de la talla de Poirot de Agatha Christie o el renombrado Holmes de Conan Doyle.

Mucha gente comienza una carrera en la universidad buscando algo que le asegure “que ninguna jornada será igual a la anterior”, una especie de caza de serotonina diaria a través de la profesión. Unos se decantan por la medicina, otros por la psicología, unos tantos por el cine, la actuación o la música, y otros muchos por la abogacía. Como si las únicas fuentes de emociones fuertes surgieran de esas profesiones que figuran en las series de presupuesto millonario para televisión.

Entré a la Universidad a estudiar periodismo con la idea de aprender técnicas de narración que luego utilizaría para construir una carrera como novelista, o eso planeaba, hasta que escuché hablar de José Luis Cabezas, y un año después de Ignacio Ezcurra. Entendí que, si buscaba bien, mi trabajo sería una caza de emociones sin fin, y fue entonces cuando decidí dedicarme de lleno a la redacción periodística.

Recuerdo vagamente una conversación con un terapeuta en la que me dijo que “ser periodista es un oficio, no una profesión” y que “cualquiera puede ser periodista”, desmereciendo la preparación y arduo trabajo de los comunicadores.

Sí, es cierto que todos pueden tener acceso a los medios y expresarse, pero no cualquiera puede ser periodista. La globalización agresiva dio espacio a que la frase de Andy Warhol “En el futuro, todos serán famosos mundialmente por 15 minutos” entrara en vigor, pero muy distinto es utilizar ese cuarto de hora para decir algo y generar un impacto.

Emocionar, enfurecer, sorprender, dar a luz el conocimiento y llegar a quienes no tienen voz, porque nunca les fue dada, todo eso es trabajo del periodista. Cualquiera puede pintar la Noche estrellada, más nadie puede darle la impronta de Van Gogh. Todos pueden escribir, pocos ser un Borges o un Cortázar, mucho menos un Dante Alighieri. Lo que quiero decir es que, habiendo pluralidad de fuentes de información, la sociedad se vuelve a los diarios, a la radio y a la tevé cuando algo sucede.

El periodismo es aún hoy de los piratas que se adentran en las entrañas de la corrupción para desenmascarar a los criminales, de los kamikazes que toman un avión y se meten de incógnito en las zonas de guerra a retratar el conflicto desde su óptica, de lo que no temen el apriete y llegan hasta las últimas consecuencias para llevar a la redacción la información que importa, y no opio para las masas.

Quizás Cabezas sí fue “irresponsable” y tal vez Ezcurra se embarcó en un vuelo a Saigón en un arrebato de locura, pero con el mismo criterio no habría un Bob Woodward, ni sabríamos qué son los Panama Papers, mucho menos hubiéramos escuchado de los abusos sexuales en Boston.

Mi compañero me preguntó si yo haría lo mismo que Cabezas, mientras que en mi cabeza desfilaban los periodistas de investigación y cazadores furtivos de historias que han hecho a mi carrera grande, que han convertido a lo largo del devenir humano en un orgullo y un privilegio ser llamado periodista. “Sí”, contesté.

Ojalá algún día sea periodista con todas las letras, por todos ellos que dejaron la piel en la profesión.