UN PARO DE MULTITUDES

Al cumplirse un mes del paro nacional en Colombia, continuación del estallido latinoamericano del 2019, el panorama es tan desalentador como oportuno.

Si bien la exigencia central no era la reforma tributaria, fue la manera en que se presentó lo que rebosó la copa e hizo salir a la calle de forma masiva a millares de personas en todo el territorio. Entonces Carrasquilla, en entrevista con Vicky Dávila, dice que una docena de huevos vale 1.800 pesos y luego la vicepresidenta, Martha Lucía Ramírez, afirma que es necesaria a pesar de ser la tercera de su gobierno. Para  rematar, Iván Duque ese mismo día estigmatiza la protesta y estalla en Cali la represión policial con toques de queda y cortes de luz.

Pero dejemos algo claro: este Paro aún no tiene representación o vocerías. Aunque las centrales obreras han optado por sentarse a dialogar con el gabinete presidencial, han sido rechazadas por quienes estamos en la calle ya que no tenemos trabajos fijos. Es decir, este paro no tiene un carácter sindical, porque la problemática es más a fondo. Según cifras del DANE para el 2020, el 42,5% de la población está en condiciones de pobreza (21 millones de personas), 49% vive de la informalidad y el 15,9% está desempleada, con frecuencia en mujeres y jóvenes.

Para la antropóloga María Fernanda Gutierrez, de la Universidad del Rosario, este paro no debe verse como algo general, sino como el resultado de múltiples problemas que se han acrecentado en Colombia desde hace mucho tiempo. El 13 de septiembre de 1977 en Bogotá, por ejemplo, estalló el paro cívico más grande de la historia del país, su carácter netamente obrero exigía aumento en los salarios, congelación de tarifa de transporte y productos de primera necesidad, derecho a la asociación, contratación colectiva y huelga, repartición de tierras al campesinado, jornada de 8 horas de trabajo más auxilios de transporte, entre otros puntos.

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Jodi Dean, en Multitudes y Partido, plantea que la multitud más allá de ser una agrupación de varios sectores sociales y populares, es el resultado de sentires colectivos como la sugestión, la rabia o la imitación; con un actuar colectivo y temporal. Para la filósofa estadounidense, en pocas palabras, las multitudes son espacios propicios para la política porque permiten un intercambio de saberes, experiencias y problemáticas, en un diálogo profundo e importante. Por eso, más allá de llenar las calles, el resultado está en la organización popular en torno al territorio.

Por su parte, Hard y Negri afirman que la multitud desafía la representatividad porque es una multiplicidad ilimitada e inconmensurable. Un agente social activo que se mueve bajo auto-organización cuyo vínculo entre la unidad del sujeto, la forma de su composición y el modo de gobierno está roto. El escenario perfecto para  ejercer el contrapoder: resistencia, insurrección y poder constituyente. Pero no se asuste, que si bien la insurrección tiende a pensarse como una guerra civil, los autores -por las condiciones contemporáneas- se refieren a la revuelta colectiva, a un suceso trascendente que mueva las fibras institucionales y se logren cambios verdaderos.

Dirá usted que mi lenguaje hace apología a la violencia, pero no. Mi objetivo no es ese, sino el de exponer la teoría de acción colectiva ya que necesita de cuatro condiciones para presentarse según la Psicología social. La primera de ellas son los intereses comunes o motivaciones varias; el segundo corresponde a la organización, donde se tejen redes de comunicación; la tercera hace referencia a la movilización de recursos, es decir, un cubrimiento de tareas o actividades; y por último, la oportunidad política para accionar, justificarlo y, bajo la teoría económica neoliberal, sacar algún provecho de causa desde cualquier actor social colectivo.

Pero quiero cerrar este texto con la teoría de la motivación a participar,  ya que se da desde las expectativas (utopía) y el valor de los resultados. Como el fin último de las multitudes no es el de llenar plazas y parques, sino el de constituir espacios para la política, las Asambleas Populares que están surgiendo en todo el territorio supone la condición perfecta para presentarse ya que opta por objetivos comunes, tiene un carácter colectivo y se mantiene en las expectativas del éxito puesto que la  motivación es el resultado de todos los valores esperados, de lo que supone hablar sobre las problemáticas para buscar soluciones.

Por eso, entender el momento como una oportunidad que motiva la participación activa de las personas en la construcción de imaginarios colectivos para el buen vivir (Quero), es la ganancia de este paro nacional y el Estado debe sentarse a escuchar. Es tanta su importancia que después del Acuerdo de la Habana, me atrevo a opinar, supone el espacio de diálogo más contundente en la historia reciente de Colombia. Es, por tanto, un momento histórico que requiere de toda disposición social, atención y blindaje ciudadano e institucional. En pocas palabras,  un paro de multitudes que se atreve a escribir el futuro.