Vivas, libres, sin miedo

“Voy a luchar por el aborto legal, para que mis sororas no mueran más en manos de este sistema que nos condena, y vamos a gritar en nombre de las que ya no están “
La primera vez que escuché a Mora Navarro gritar estas palabras se me erizó la piel. Era el año 2018 y el aborto estaba en tratativas. Mi primera vez militando por la legalización.

Fui testigo de múltiples declaraciones, vi las noticias sobre niñas de diez, once, doce años siendo obligadas a maternar por un sistema cómplice del patriarcado y lloré la muerte de las mismas nenas junto con sus hijos e hijas, producto de violaciones que no fueron atendidas a tiempo.

Peor, vi casos de violación intrafamiliar en los que la Interrupción Legal del Embarazo (ILE) contemplada por el sistema judicial argentino, fue negada a las niñas por parte de médicos y médicas egoístas, sesgados por su ideología o religión. No me lo contó la hija del vecino, lo vi, todas lo vimos.

Los párrocos de las iglesias difundiendo los nombres de las pequeñas sometidas a la ILE, a fin de condenar socialmente a una persona que no eligió un embarazo, sino que fue forzada a mantener una relación sexual con quienes, se suponía, la querían y protegían su niñez.

La niña del norte que al entrar al quirófano para dar a luz pidió su muñeca de trapo, los fieles de la iglesia idolatrando el parto y luego llorando la muerte de un feto que no debía estar ahí, en el útero de una niña que aún no empezaba la escuela secundaria ni había dado su primer beso, ni mucho menos había conocido el amor maduro, ese que solo los adultos podemos atestiguar.

Los antiderechos pidiendo una alternativa al aborto, pero gritando “con mis hijos no te metas”, al sugerir la educación sexual integral, como si arrojar un cargamento de preservativos en un barrio vulnerable y luego retirarse fuera la solución, como si todos tuviésemos la misma formación, como si todos supiéramos.

No quieren aborto legal, pero después “las negras se embarazan para cobrar un plan social». Señor, señora, «la negra» se embaraza porque no conoce de métodos anticonceptivos, la negra se embaraza porque el marido llega borracho y abusa sexualmente de ella. La negra se embaraza porque su padre la entrega a su vecino para que éste le preste el televisor, por eso se embaraza la negra.

La negra tiene que caminar media hora, cuarenta minutos para ir a la farmacia si quiere un método anticonceptivo de emergencia, si es que sabe de él, si es que puede pagarlo. A la negra en el centro de salud la tratan con desprecio, la denigran, la desprecian. A la negra no la informan de sus posibilidades.

La que puede, paga un aborto en una clínica privada, muy costoso, pero se asegura volver a casa, sana, pero sola, sin nadie que la acompañe luego del procedimiento. Dios sabe que he escuchado historias dolorosas del momento luego del aborto.

La que no puede, junta unos pocos pesos y se mete a una casita pequeña, con un colchón sucio, en el suelo, con su esperanza y el corazón en la mano, esperando esa noche volver a casa, y no desangrarse en manos de la enfermera que la atiende. Si tiene suerte, esa noche dormirá en su cama. Sino, será una víctima más, una NN, un número que no figurará en ningún conteo. Una vida que nunca existió. Algo que pudo, pero nunca fue.

Anoche, en Mendoza, una cantidad enorme de chicas y mujeres se agolparon en la plaza Independencia, donde vivo. Se respiraba esperanza, soplaban aires de cambio. A las cinco de la mañana recibí un mensaje, en realidad múltiples mensajes, gritos virtuales al unísono. “Es ley”. Sí, es ley, al fin es ley.

“Vivas nos quiero, libres sin miedo” cierra Mora, hoy más que nunca, vivas estamos, y ya no tenemos miedo, no vamos a tenerlo nunca más, porque a la clandestinidad, al perejil, a la percha, ya no volvemos.